Las Vidas de los Otros
Lo bueno de hablar de una pelÃcula pasados unos dÃas del estreno es que no hace falta que mantengas el misterio. O sea que si el lector no la ha visto, y pretende hacerlo, que abandone la lectura y la retome una vez haya vuelto del cine, o se atenga a las consecuencias.
Vidas es una pelÃcula de tema universal. No es difÃcil trasladarla a un escenario con la santa inquisición de fondo (esa que el resto del mundo conoce como “Spanish Inquisition”) o, echándole un poco más de valor al asunto, al Estados Unidos actual, con alguna agencia sin nombre haciendo de Stasi y vulnerando las libertades y los derechos de los ciudadanos en nombre de una Libertad con mayúsculas que no alcanzan a entender…
Es, también, una pelÃcula de redención, en la que el recto, rectÃsimo, protagonista pasa de absoluto creyente en el sistema en el que vive a darse cuenta que aunque el espÃritu de la organización es de un blanco impoluto, el de sus miembros oscila entre el gris claro y el negro más absoluto, e inicia un viaje de autodescubrimiento con el objetivo de desfacer el entuerto que él mismo ha creado. Cuenta la pelÃcula, además, con la caÃda del muro, que le viene como anillo al dedo al guionista para poder cerrar la historia de una manera un poco (y sólo un poco) menos dura que la que se veÃa venir, pero sin tirar de recursos demasiado increÃbles.
Es, de regalo, una pelÃcula fantásticamente bien hecha. Y brutalmente bien actuada. Con un Ulrich Mühe que se mete en la camisa de once varas de interpretar a un personaje dificilÃsimo y triunfa absolutamente. Si a “nuestra” Pe le han podido dar una candidatura al óscar, no entiendo por qué motivo no dársela a él, la verdad…
Hablando de óscars, si no se lleva el de pelÃcula de habla no inglesa va a ser la sorpresa del siglo: además de estar hecha con brillantez, se dedica a destapar las miserias del sistema comunista de final del periodo. Si eso no atrae los votos de la Academia, que baje Dios y lo vea…
Eso sÃ, la pelÃcula me falla en algún momento. Y es que el personaje del dramaturgo Georg Dreyman, central a la historia, es digno de un san Manuel, bueno, mártir y unamuniano. Estamos ante la figura de un escritor brillante y admirado, además guapo, que por si fuera poco toca el piano como los ángeles (de verdad que esa escena le sobra a la pelÃcula) y que, además, cree en el sistema sin el más mÃnimo ápice de crÃtica, a pesar de los durÃsimos golpes que este va dispensando a cuantos le rodean. Y será verdad que estos personajes existen, sÃ, pero uno, que es un tanto descreÃdo, es incapaz de aceptarlos…
Pese a ello, una grandÃsima pelÃcula a la que damos nuestro sello de recomendación.
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